PROBABLE EVOLUCIÓN DE LA AMENAZA TERRORISTA Los ataques terroristas contra blancos estadounidenses en Nueva York y Virginia (Pentágono), llevados a cabo -el 11 de septiembre del año próximo pasado- por Al-Qaeda, organización multinacional terrorista liderada por Osama Ben Laden, constituyeron una declaración de guerra que obligó a una respuesta militar multinacional, presidida por los EE.UU., dirigida a extirpar el flagelo de la comunidad internacional, incluyendo a sus cómplices talibanes en Afganistán. Sobre la base del grave atentado y la probable evolución de estas potenciales amenazas, el autor analiza los recaudos a adoptar, tanto en el orden mundial como en el regional. En lo que hace a nuestro especial interés, describe los riesgos, el grado de exposición y los modos de acción que la Argentina debe adoptar para evitar y/o superar una contingencia criminal de consecuencias impredecibles. Introducción La probable evolución de la amenaza terrorista debe analizarse según los niveles global, regional y nacional. Obviamente, todo lo que pueda decirse es absolutamente especulativo, no sólo por la volatilidad de la situación y la dinámica de la política internacional, sino también por la misma situación interna de los países actores y de su vecindad. El duro discurso pronunciado por el presidente George W. Bush sobre el Estado de la Unión, denunciando la existencia de un “eje del mal” constituido por Irak, Irán y Corea del Norte, provocó una nueva sacudida en la arena política doméstica e internacional. La aguda polémica con Francia, por ejemplo, demuestra la determinación estadounidense de sustentar sus actuales y futuras campañas militares en una política exterior unilateralista, en desmedro de quienes sustentan la necesidad de accionar en el marco de una amplia coalición internacional, como sucedió en las últimas grandes contiendas mundiales y hasta en la misma Guerra del Golfo contra la ocupación de Kuwait por parte de Irak. A tal punto llegó la decisión de la administración Bush de actuar según sus propios intereses en la arena internacional, que con su decisión de enviar fuerzas especiales a Georgia para combatir elementos de Al-Qaeda, sumada al despliegue creciente en Asia central, ha puesto en peligro durante las últimas semanas la figura de Vladimir Putin, principal aliado -junto a Tony Blair- en la coalición antiterrorista nacida a partir de los ataques de Al-Qaeda en territorio norteamericano. La presencia militar estadounidense en ese país no es un dato menor, ya que si se traza una línea desde Noruega a los estados aliados de Washington en Asia Central, queda evidente el serio perjuicio a los intereses rusos en toda la región, un precio altísimo para un Putin atrapado entre sus compromisos exteriores con los EE.UU. y la creciente oposición interna por todas las concesiones que ha hecho, a cambio de muy poco. En lo global Los ataques terroristas del 11 de septiembre y la contraofensiva militar estadounidense han sacudido violentamente la arena política internacional, donde nada volverá a ser como horas antes de la destrucción de las Torres Gemelas y parte del Pentágono. Desde un primer momento y ante las necesidades de los EE.UU. de responder a la agresión terrorista comenzando por el teatro de operaciones de Afganistán, sus antiguos aliados de la OTAN -con excepción de Gran Bretaña- fueron desplazados por antiguos enemigos como Rusia, que en un primer momento surgió sin duda como una de las potencias más beneficiadas por la actual crisis mundial de alta intensidad y a la que se le presentó inicialmente la oportunidad única e inesperada de recuperar parte del poder y del protagonismo perdido al nivel regional y mundial. La participación de Rusia fue realmente clave para la superpotencia global que desconfiaba de ciertos aliados poco confiables, dada la histórica contemplación de éstos para con los principales ideólogos y operativos del terrorismo internacional. China -que mira con recelo la nueva situación y el sorpresivo e inesperado “resurgimiento” de Rusia-, tuvo que lidiar durante la ofensiva militar de los EE.UU. en Afganistán con sus propios problemas internos, pero además con la importante población musulmana, situada precisamente en sus fronteras con la vecina Afganistán. La reciente visita del presidente George W. Bush incluyó entre los puntos más importantes de su agenda, moderar los recelos del liderazgo político chino ante las nuevas relaciones entre los EE.UU. y Rusia. Otro foco de tensión siempre latente, pero ahora más que nunca, es el conflicto entre la India y Pakistán. Pakistán es además y sin duda un problema aparte, no sólo por su histórica relación y lazos comunes con Afganistán, sino por su condición de potencia nuclear, con varias decenas de ojivas nucleares en sus arsenales y el peligro siempre latente de toma del poder por sectores extremistas de sus fuerzas armadas. Uno de los hitos históricos más relevantes a mencionar, surgidos en esta nueva etapa de la política mundial, ha sido el reconocimiento oficial al derecho de los palestinos a erigir un estado soberano e independiente, tanto por parte del Gobierno de los EE.UU. como por el de Gran Bretaña. Tal acontecimiento es sin duda el más importante reconocimiento de que el conflicto entre los Estados musulmanes y árabes en general y Palestina en particular con el Estado de Israel, ha sido el foco purulento en el que nació y se alimentó el terrorismo de signo islámico, incluyendo comandos suicidas, constituido en uno de los más peligrosos factores de alteración de la paz y seguridad mundiales. Los durísimos y sangrientos enfrentamientos entre Israel y la ANP liderada por Yasser Arafat durante las últimas semanas, no pueden significar sino un duro golpe a la paz mundial y a los esfuerzos de la Casa Blanca tendientes a desactivar o disminuir la intensidad de un conflicto que se presenta como un serio escollo a sus deseos de establecer una alianza estratégica con aquellos países islámicos y árabes que son vitales para sus planes de terminar con los regímenes políticos en Irak e Irán, considerados como un peligro para la seguridad estadounidense en Medio Oriente. Si los ataques del 11 de septiembre buscaban una respuesta militar rápida y desmedida, no cabe duda alguna que los EE.UU. evitaron caer en la trampa tendida por Osama Ben Laden y su Estado Mayor. La masacre de miles de civiles inocentes provocada por Al-Qaeda procuró lograr que las fuerzas norteamericanas atacaran simultáneamente múltiples blancos, con el objeto de atraerlas a escenarios sumamente hostiles donde no sólo no pudieran triunfar, sino tampoco retirarse de una manera digna o simplemente escapar de una masacre, como sucedió en Afganistán con la invasión soviética. Afganistán bajo el gobierno del Talibán, Indonesia, Filipinas, Egipto, Arabia Saudita, Somalia y Sudán, para citar solamente algunos países, eran los principales teatros donde el terrorismo intentaba atraer primariamente a las fuerzas del “Gran Satán” y sus aliados, con el objeto de aniquilarlos, derrocar a los gobiernos considerados “títeres” de Occidente y unificar a los estados musulmanes bajo el dominio de un califato liderado por los partidarios de Osama Ben Laden. A pocos meses de producidos los ataques en los EE.UU., el mundo se ha convertido en un tembladeral, signado por un estado de conmoción general y de conflictos emergentes de toda índole. Además, al privilegiar por sobre todo otro objetivo la destrucción de la red terrorista multinacional Al-Qaeda -que acciona globalmente e incluso en territorios de países amigos- y la remoción de regímenes políticos considerados como enemigos para su seguridad interior y su papel de superpotencia global, EE.UU. ha vulnerado intereses estratégicos de otras potencias, incluso aliadas. En el marco de la explosiva situación global descripta, no existe nación alguna que escape a la tremenda presión de las organizaciones terroristas internacionales, domésticas y emergentes, a las que se suman el crimen organizado y los carteles del narcotráfico con su propia dinámica a escala mundial. La consecuencia principal de los ataques a Nueva York y Virginia y el contraataque de los EE.UU. a Afganistán, sumados a la denuncia del presidente Bush contra el “eje del mal”, que preludia nuevas acciones militares en otros teatros de operaciones, han creado un estado de verdadera inestabilidad global, signada por ecuaciones de muy difícil resolución. De su resultado dependerá no sólo la continuidad histórica del país del Norte como superpotencia global, sino también la seguridad del mundo mismo y la de las naciones que lo integran. En lo regional Al nivel regional, hay dos focos inmediatos de conflictos ligados a las actuales acciones militares antiterroristas. El primero, la grave situación en Colombia, que ha recrudecido luego de la ruptura de las conversaciones de paz entre el gobierno y la conducción de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), encendiendo la llama de un gravísimo enfrentamiento en el que, probablemente, deberán intervenir terceros países, incluyendo tal vez a los EE.UU. Además, Venezuela, en el que se incuba el foco de un potencial conflicto político y militar a corto o mediano plazo, país en el que también repercutirá severa e irremediablemente la situación de su conflictivo vecino. El segundo, la región de la Triple Frontera que une a la Argentina, Brasil y Paraguay, con su centro de gravedad en Ciudad del Este, donde también accionan los carteles de la droga de origen colombiano y boliviano. La prioridad para la seguridad regional pasa no sólo por el potencial despliegue de células terroristas dormidas en el interior de cada territorio, sino también por la situación en la región de la Triple Frontera, sin descuidar desde ya al Uruguay, Bolivia, Perú y Chile, que deben ser también focos muy especiales de atención. Convergen así sutilmente dos teatros de operaciones en los cuales los EE.UU. presionarán para lograr una mayor presencia militar argentina: el Teatro de Operaciones de Colombia y el Teatro de Operaciones de la Triple Frontera. Paraguay, ha sido seleccionado no sólo como teatro de operaciones de movimientos, organizaciones y grupos terroristas religiosos y seculares, sino también como terreno fértil para la instalación de sociedades criminales como la “Mafiya” rusa, las “Tríadas” chinas y la “Yacuza” japonesa. No son las únicas, porque hay ya una presencia confirmada de sociedades criminales del Líbano, Italia, Nigeria, Costa de Marfil y Ghana, que operan en el país hermano al amparo de la corrupción imperante y de una red de cómplices que no sólo incluye funcionarios oficiales sino también políticos de la oposición, empresarios, militares y miembros de las fuerzas de seguridad. Resultará imposible desmontar tamaña red sin esperar una respuesta armada, masiva o selectiva, contra ciudadanos y bienes estadounidenses, argentinos y de otras nacionalidades en la región y que podría comenzar en Paraguay, si sus autoridades son obligadas por las presiones internacionales a dejar de ser un virtual “santuario” o centro regional de operaciones de las sociedades criminales emergentes en la región y de carteles del narcotráfico. La conclusión es que los EE.UU. intentarán que la Argentina participe más activamente en la lucha contra la delincuencia organizada en Paraguay, como parte del esfuerzo global de la coalición antiterrorista que luego de una corta campaña militar en Afganistán logró remover del poder al Talibán y destruir las bases de Al-Qaeda, quitándole a esta multinacional del terror -al menos momentáneamente- los recursos operacionales y los centros de comando, comunicaciones, control, inteligencia y entrenamiento establecidos en este país. Una de las grandes dudas es cómo podrá la Argentina responder a las expectativas estadounidenses, en el marco de la gravísima situación política, económica y social que atraviesa el país, máxime cuando las declaraciones poco felices de algunos funcionarios de la administración Bush y el rechazo de una ayuda financiera inmediata, no ayudan precisamente a fertilizar las relaciones bilaterales. En lo nacional El grado de exposición de la Argentina a ataques terroristas con armas de destrucción masiva, frente al grave conflicto mundial surgido luego de los ataques en Nueva York y Alexandria, sede del Pentágono, puede aumentar o disminuir según la agenda de nuestra política exterior en la actualidad y a la evolución de los acontecimientos en la arena internacional, a saber: - Participación o no de la Argentina en la coalición antiterrorista internacional encabezada por los EE.UU. e Inglaterra. Debe destacarse que los estrategas de la conducción de Al-Qaeda y de las demás organizaciones terroristas que cuentan con células desplegadas en la región de la Triple Frontera y casi con seguridad dentro de territorio argentino, como el Hezbollah, Hamas y la Jihad Islámica, de manera alguna han dejado de considerar a nuestro país como blanco de sus ataques, en virtud de nuestra condición de aliado extra NATO. La multinacional fundada por Osama Ben Laden, secta apocalíptica adscripta a un milenarismo musulmán extraño a la esencia misma del Islam y al Corán, acciona de manera muy diferente a organizaciones terroristas religiosas como Hezballah, Hamas, la Jihad Islámica y otras similares. Por considerar que ya vivimos en la “era” del Anticristo, Al-Qaeda podría lanzar ataques en nuestro país sin importarle el régimen político vigente o nuestra situación doméstica. Con respecto al drama nacional actual, no sólo no resultará un impedimento para Al-Qaeda sino todo lo contrario, ya que podría aprovechar las ventajas que da un territorio que vive en medio del caos, con las fuerzas de seguridad concentradas en el control de los desbordes sociales, para lanzar un ataque masivo como el ocurrido meses atrás en los EE.UU. - Posición argentina frente a una eventual intervención militar directa por parte de los EE.UU. en Colombia y posible participación de fuerzas de nuestro país en el conflicto. Evolución de los conflictos entre Israel y Palestina, que en caso de agudizarse provocarán atentados en otras regiones del mundo y especialmente en aquellos que como la Argentina, albergan a una de las colectividades judías más importantes del mundo. La política exterior argentina en el futuro próximo con respecto a problemas altamente sensibles, como el status definitivo de la Ciudad Santa de Jerusalén, un Estado soberano para los palestinos, será sin duda determinante para que las organizaciones terroristas decidan o no un nuevo ataque. Evolución de la posición argentina frente a la creación de nuevos teatros de operaciones en la campaña antiterrorista, especialmente si los EE.UU. y sus aliados deciden atacar Irak o, eventualmente Irán. En el caso de que el blanco sea Irak, el derrocamiento de Saddam Hussein puede conducir a un fortalecimiento del expansionismo regional iraní, que actúe como una bisagra entre los países islámicos emergentes del derrumbe soviético y los movimientos extremistas en países moderados como Arabia Saudita, Egipto y Jordania y hasta en la misma Siria, a las puertas mismas de Israel. También, un estado kurdo que desestabilizaría seriamente a Turquía y otros países de la región. Si ocurriera lo contrario, es decir el fortalecimiento de Irak a expensas de Irán, cabría preguntarse si Saddam Hussein no comenzaría una serie de agresiones contra aquellos países que desalojaron a sus fuerzas de Kuwait, como consecuencia de la Guerra del Golfo, incluyendo a la Argentina. Evolución de la situación en Eurasia, especialmente frente al nuevo papel asignado a Rusia, la siempre presente China que busca expandir su presencia hasta llegar a las aguas del Bósforo y la convulsión en la explosiva región que incluye a Afganistán, Pakistán, India, China e Irán, plena de factores propicios para alimentar el actual conflicto de alta intensidad que conmueve al mundo en este momento. Esto puede derivar en una crisis terminal de imprevisibles consecuencias, con reflejo en nuestro país, vulnerable ante la presencia de sociedades criminales asiáticas en la región, aliadas eventuales con los carteles del narcotráfico y el terrorismo internacional. Modos de acción propuestos La Argentina atraviesa una seria crisis política y socioeconómica, agravada por diversos factores internos que no corresponde en este caso analizar. Debe sin embargo destacarse con mucha firmeza que, como consecuencia de la volátil situación imperante, el gobierno argentino debería aumentar aún más los esfuerzos realizados para investigar a fondo los atentados cometidos contra la Embajada de Israel y la sede de la AMIA. Nuestra posición final, que marcará la política exterior argentina tal vez por mucho tiempo, debería estar dirigida -en el marco estricto de nuestros intereses nacionales- a colaborar en la eliminación del peligro terrorista, del narcotráfico y del crimen organizado dentro o más allá de nuestras fronteras, porque la propia continuidad histórica de la Nación dependerá absolutamente de ello. Las condiciones actuales en materia de seguridad, por la escasez de recursos materiales y técnicos para contar con las medidas necesarias, acentúan peligrosamente las condiciones para que cualquier grupo extremista intente convertir nuevamente a la Argentina en un trágico escenario, dirigido para el consumo de una “audiencia” cautiva, que no es sino el semillero de nuevos adeptos para sus fines mesiánicos y apocalípticos. El Gobierno Nacional debe prepararse para enfrentar las amenazas externas, tratando de conocer la naturaleza del enemigo a enfrentar y la manera más adecuada para adoptar las necesarias líneas de defensa. Resulta asimismo imperativo ordenar por prioridades los objetivos que debe alcanzar en materia de contraterrorismo, de acuerdo a los elementos concretos con que cuenta en la actualidad, mutando las tácticas en materia de seguridad y reconociendo que el enemigo exterior tiene células clandestinas ya instaladas en el país. En situaciones de crisis, hasta los gobiernos más avanzados del mundo enfrentan los siguientes problemas: - Incertidumbre. - Métodos obsoletos para el manejo de información. - Escasa información obtenida de fuentes directas y con medios propios. - Exceso de informes proporcionados por servicios de inteligencia extranjeros que no tienen capacidad para procesar e interpretar. - Diferentes sistemas de valorización. - Manejo cambiante de objetivos. - Acoso y presiones políticas internas y externas. - Dispersión de esfuerzos en cuestiones subalternas. - Pobreza en planeamiento. - Poco tiempo de los hacedores de decisiones para estudiar problemas específicos para resolver situaciones de conflicto. La Argentina, obviamente, debe aprender de su propia experiencia y sumar las ajenas para obtener las respuestas necesarias que reclama nuestra seguridad. Las políticas de defensa, seguridad e inteligencia deberán ser asumidas como políticas de Estado, terminando de una vez por todas con las asimetrías existentes. La comunidad de inteligencia debe estar preparada para responder a las exigencias propias del acuciante panorama mundial que enfrentamos en este momento. Ello incluye la necesidad de autorizar por ley a las FF.AA. para que puedan enfrentar el peligro terrorista desarrollando tareas de inteligencia exterior e interior. La legislación actual en la materia no sólo es anacrónica sino un verdadero obstáculo para una lucha eficaz contra la amenaza terrorista y muy especialmente luego del surgimiento de un proyecto mesiánico-apocalíptico como el de los ideólogos de Al-Qaeda, a quienes no les importa dejar un mundo en ruinas o atiborrado de cadáveres. En materia de inteligencia hay muchos puntos que requieren una urgente definición, como la necesidad de que todos sus cuadros estén integrados por profesionales y expertos y no por personal eventual surgido del resultado de contiendas electorales, cualquiera sea el partido político de turno en el Gobierno. Eso es asimismo, válido para los servicios de inteligencia de las FF.AA., que si bien sufren limitaciones legales en este momento para cumplir tareas en el interior del país, se debe también en parte a la desviación reiterada de objetivos que pudo observarse en el pasado. La gravedad de la situación interna de todos los organismos de inteligencia del país y la escasez de recursos humanos y materiales hace que la comunidad en general esté incapacitada para producir análisis sobresalientes, certeros y adecuados al momento, ya que a veces se privilegia la contratación de debutantes a la de la gran variedad de expertos en diferentes campos que existen en el campo académico y, por qué no, hasta en el sector privado. Los blancos y las misiones deberán ser estrictamente definidos, con integridad y objetividad y en función de lo que resuelva la más alta conducción del Estado para la comunidad de inteligencia en general o cada servicio en particular. Cualquier desviación en los objetivos debe ser severamente castigada. La Argentina debe aprender, no sólo de su propia y desastrosa experiencia, sino también de la de países como los Estados Unidos, donde el enemigo logró estudiar sus parámetros de seguridad y asestar el brutal golpe del 11 de septiembre, ello sin contar con el ataque bacteriológico desatado por un científico vengativo que pudo diseminar impunemente bacilos de ántrax, asesinando connacionales, sin que medida de seguridad alguna lo impidiera. Si nada pudo hacer contra eso los EE.UU., es mejor no imaginar el desastre que podrían causar las organizaciones terroristas internacionales, o miembros de alguna organización separatista o secta apocalíptica doméstica, cualquiera sea su color. Por último, la vecindad de un verdadero foco infeccioso donde el terrorismo y la criminalidad tienen vasos comunicantes, como la región de la Triple Frontera, hará asimismo necesario montar operaciones clandestinas para prevenir y o neutralizar las operaciones de un enemigo que actúa sin contemplaciones. El primer y urgente paso que debería adoptar el gobierno argentino, es la sanción de una severísima Ley General Antiterrorista, que incluya la sanción de crímenes contra ciudadanos argentinos en aviones y/o barcos de bandera extranjera. Esto implica extender la jurisdicción criminal para actos cometidos por o contra ciudadanos argentinos si el barco y/o avión extranjero está programado para llegar a/o partir de la Argentina. Asimismo, intensificar las penas por delitos mayores dirigidos a promocionar el terrorismo internacional, dentro o fuera del país. Otro delito a tipificar y penar es cualquier tipo de apoyo material al terrorismo, incluyendo entrenamiento, refugios, explosivos y asistencia financiera o recolección de fondos destinados a actividades de esa índole, aunque para ello se encubran tras entidades benéficas. Finalmente resulta necesario poner en práctica las tres líneas clásicas de defensa que deben adoptarse para enfrentar con éxito una acción terrorista cualquiera sea su origen e intensidad. A saber: - Fortalecimiento de los aparatos de inteligencia, seguridad y policiales, cuya capacidad para accionar conjuntamente no debe estar sujeta a restricciones severas como la asimetría y la falta de colaboración entre los organismos especializados en la lucha contra la amenaza terrorista, máxime si son del exterior. Los organismos nacionales especializados en la lucha contra el terrorismo deberán contar con todos los elementos necesarios y acceso a la más alta tecnología, para estar en condiciones de enfrentar a un enemigo que dispone de todos los recursos a su alcance para plantear una seria amenaza a nuestra seguridad. - Endurecimiento de las condiciones que facilitan el accionar de las organizaciones terroristas, extremando los recaudos en las áreas de frontera. Este tipo de medidas, cuando son implementadas eficazmente, obligan a las organizaciones terroristas a descartar a principiantes y a emplear profesionales, que pueden ser detectados más fácilmente. - El gobierno argentino debería proponer por intermedio de los organismos internacionales, como la ONU, la sanción de leyes que encuadren en la figura de criminales de guerra a los líderes de organizaciones terroristas y a los jefes del crimen organizado, sometiéndolos a tribunales especiales y condenando a los que fueran hallados culpables a penas severísimas. Es necesario realizar los mayores esfuerzos para lograr una plena movilización y participación colectiva y la solidificación de una cadena de solidaridad, que una a todos los argentinos ante la amenaza común, sin distinción de razas, credos u opiniones políticas. Bajo condiciones que incluyen un déficit de especialistas argentinos capacitados para analizar el fenómeno de este nuevo tipo de amenaza terrorista, queda muy poco tiempo para estudiar las alternativas disponibles y proponer las respuestas adecuadas en el marco de la ley y de las normas constitucionales en vigencia. El nuevo panorama de la política internacional será trazado dramáticamente a medida que se sucedan los acontecimientos. La Argentina, como parte de la “aldea global” en la que comparte un azaroso presente, aún a pesar de la crisis que enfrenta, no puede ser un “convidado de piedra” en la arena internacional, luego de que la amenaza de un ataque masivo que muchos anunciamos y en la que pocos creyeron se ha hecho presente, vulnerando todas las previsiones en materia de seguridad interior y exterior de la superpotencia global que parece dominar en estos tiempos los destinos del planeta. RECOGIDOS 1. La amenaza terrorista debe analizarse en los niveles global, regional y nacional. 2. Un foco de tensión siempre latente, pero ahora más que nunca, es el conflicto entre la India y Pakistán. 3. Uno de los hitos históricos ha sido el reconocimiento oficial al derecho de los palestinos de erigir un Estado soberano e independiente. 4. No existe ninguna nación que escape a la tremenda presión terrorista internacional. 5. Los EE.UU. intentarán que Argentina participe activamente en la lucha contra la delincuencia organizada en Paraguay. 6. La Argentina debe aprender de su experiencia y sumar las ajenas para obtener las respuestas necesarias que reclama nuestra seguridad. 7. El primer y urgente paso que debería adoptar el Gobierno Argentino, es la sanción de una severísima Ley General Antiterrorista. HORACIO CALDERÓN 1 Experto internacional en Asuntos de Medio Oriente y África del Norte. Estudioso del terrorismo global y emergente, del crimen organizado y del narcotráfico. Autor de numerosos escritos, algunos traducidos al inglés, francés y árabe. Entre sus obras cuenta una biografía del Cnl. Muammar Khadafi y estudios sobre temas vinculados al Medio Oriente.