LA ARGENTINA FRENTE A LA AMENAZA TERRORISTA GLOBAL Y REGIONAL Conferencia DIRECCIÓN DE ESTUDIOS ESTRATÉGICOS ESTADO MAYOR CONJUNTO Agosto 2005 I INTRODUCCIÓN El marco histórico que ha permitido en muy pocos años el crecimiento global del desafío terrorista islámico contra el gobierno más poderoso de la tierra, está signado por el derrumbe del comunismo soviético, el surgimiento de los EE.UU. como superpotencia hegemónica, y la propia dinámica del proceso globalizador y globalizante dirigido por los centros internacionales de decisión. No se trata ahora de un conjunto de organizaciones o bandas terroristas criminales que si bien tenían en algunos casos un alcance global limitado, carecían de condiciones para plantear un desafío de tamaña magnitud a los EE.UU. y a sus aliados. Al-Qaida es una multinacional del terror, que también atesora un proyecto de alcance global, cuya meta es la fundación de un califato islámico, anhelo común a todos los musulmanes, que Osama Bin Laden y sus secuaces pretenden construir según su propia cosmovisión y agenda política. La guerra global en que están empeñados ambos contendientes, EE.UU. y Al-Qaida, enfrenta dos cosmovisiones diametralmente opuestas de la vida y de la historia, como asimismo dos agendas políticas enfrentadas, que no admiten más que la derrota total y la eliminación de un bando por parte del otro. Por un lado, los Estados Unidos de Norteamérica, con una cosmovisión antropocéntrica, monista y hedonista, basada en el régimen capitalista de producción y distribución, que se expresa políticamente en la democracia liberal, que constituye su sistema. Es decir, tiene al hombre como centro de todas las cosas y el fin absoluto de la naturaleza, reducido junto a todos los seres y fenómenos del Universo a una idea o sustancia única, y cuya doctrina a sujetarse es todo aquello que proclame el placer y el bienestar como fin supremo de la vida. Por el otro, Al-Qaida, con una cosmovisión apocalíptica y mesiánica, que se expresa política y militarmente con su particular versión de la “guerra santa” o “Yihad”, presentada como un “pilar” o “columna” más del Islam, y que es sólo un medio para plasmar su proyecto de fundación de un reino de mil años, antes del Juicio Final. Es de estilo apocalíptico, porque la doctrina en la que abreva Al-Qaida para proclamar que estamos cercanos al fin del mundo, es sólo una construcción intelectual, sin sustento exegético serio, dirigida a conmover y captar a los fieles musulmanes incautos, con su mensaje terrorífico de exterminio o devastación. Es asimismo mesiánica, porque proclama también la pronta aparición de una especie de “mesías de los últimos tiempos”, el Mahdí, esperado por las dos principales ramas del Islam, sunitas y chiítas, pero que Al-Qaida desea presentar en escena de acuerdo a sus propias conveniencias, con el objeto de ponerlo a la cabeza de un plan de dominación, regional primero y global después, como líder espiritual del califato que se desea restaurar. La raíz principal de esta guerra nace cuando los ideólogos de Al-Qaida llegaron a la conclusión de que la fundación de su añorado califato quedaría sumergida en un sueño eterno, salvo que sea derrotado el proyecto global hegemónico encarnado en los Estados Unidos y sus aliados. Ese es sin duda el punto de partida para comenzar a comprender las causas impulsivas de la declaración de guerra por parte de Al-Qaida, lanzada a los EE.UU. el 11 de septiembre de 2001, y que ya había comenzado a avizorarse con la serie de ataques lanzados contra blancos norteamericanos fuera de su territorio, durante los precedentes. Esta organización, que lleva el sello indeleble de su fundador, Osama Bin Laden, contaba de antemano con una completísima información sobre los sistemas de defensa y seguridad, incluyendo las más sofisticadas redes de comunicaciones e inteligencia de los EE.UU. y de sus aliados, que les permitía conocer de antemano las debilidades y fortalezas del enemigo. Al-Qaida supo complementar ese conocimiento con la capacidad de diseñar una organización altamente secreta, desde la cúspide del poder hasta las bases, que reducía a su mínima expresión las vulnerabilidades que podían apreciarse en otras formaciones más clásicas o convencionales, que requerían el patrocinio de uno o más Estados y la posesión de territorios o zonas liberadas. El caso de Afganistán no fue una excepción a esa regla, ya que durante el régimen de los talibanes fue un Estado cautivo de esa organización terrorista o, como mínimo, el verdadero poder detrás del gobierno de Mohamed Omar fue Al-Qaida y no el Talibán. El propósito de esta charla es analizar brevemente las raíces de la guerra global entre los EE.UU. y sus aliados, por un lado, y la red Al-Qaida con sus organizaciones afiliadas, por el otro, conjuntamente con las doctrinas, estrategias y tácticas operacionales de ambos bandos,. Asimismo, la amenaza que representan las organizaciones narcoterroristas seculares asentadas en nuestra región, encabezadas por las FARC, que tienen su epicentro en Colombia, pero se han expandido por toda la región e infiltrado numerosos países, como Paraguay y Bolivia e incluso la Argentina, donde cuentan con numerosos adeptos, simpatizantes y apoyaturas diversas. Esta amenaza no sólo no es menor, sino tal vez hasta más próxima y peligrosa que la planteada por el terrorismo islamista, ya que incluye una gran variedad de grupos neo-indigenistas que no sólo son funcionales a los insurgentes colombianos y a los carteles del narcotráfico, sino también al proyecto de revolución socialista lanzado por el presidente venezolano Hugo Chávez. II EL TERRORISMO EN LA HISTORIA Desde tiempos muy remotos, no ha sido poco usual la utilización de prácticas terroristas, en el marco de luchas religiosas, étnicas y políticas. Los celotes, una secta judía milenaria que luchó contra la ocupación romana de Palestina entre los años 66 y 73 de la Era Cristiana, llevaron adelante una importante sucesión de actos terroristas, entre los que pueden destacarse asesinatos individuales y colectivos y envenenamiento de pozos de agua y graneros. Su audacia los llevó hasta el punto de sabotear el suministro de agua a la ciudad de Jerusalén. Los asesinos, secta religiosa desprendida de la rama chiíta del Islam en tiempos de las Cruzadas, que dio origen a esa palabra, que significa “comedores de hashish”, dejó un rastro de muertes a lo largo de su prolongada y misteriosa existencia. Los asesinos, liderados por un jeque conocido como “el viejo de la montaña”, acostumbraban acuchillar a sus víctimas, luego de cumplir con el ritual de beber un compuesto de hashish especialmente preparado para esas ocasiones. Los thugs de la India, estrangulaban a sus víctimas, por lo general desprevenidos viajeros, para ofrecerlos a su divinidad, la diosa Kali. Durante una campaña que duró seiscientos años y que sólo finalizó con su exterminio a mediados del siglo XIX, los thugs asesinaron aproximadamente un millón de personas; todo un récord, si consideramos que las víctimas fueron estranguladas individualmente. Esta secta de la India encabeza el promedio histórico de asesinatos, con 1.666 muertes por año. Celotes, asesinos y thugs, cuyos nombres han engrosado enciclopedias y diccionarios como sinónimos de fanatismo, crimen y terror, constituyen los más importantes antecedentes históricos de prácticas terroristas basadas en creencias religiosas. Sin embargo, hasta pocas décadas atrás, el terrorismo secular motivado por ideologías, aspiraciones separatistas y luchas étnicas, prevaleció sobre el terrorismo religioso. Hay numerosos ejemplos de terrorismo en la era moderna y, muchos especialistas, señalan por ejemplo como casos testigo los bombardeos alemanes contra la población civil de Londres, los ataques aliados con bombas de fósforo a ciudades de Alemania como Dresden y Hamburgo. Además, desde ya, los ataques nucleares estadounidenses, que destruyeron las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, y que llevaron a la rendición incondicional de Japón en la II Guerra Mundial. TERRORISMO SECULAR Y TERRORISMO RELIGIOSO La organización separatista ETA (“Patria Vasca y Libertad”) y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), son sin duda dos de los ejemplos actuales más clásicos de terrorismo secular, vigentes en Europa e Hispanoamérica. Organizaciones como el IRA irlandés, sus enemigos protestantes y diversos grupos similares a lo largo del mundo están impregnados por elementos profundamente religiosos, pero sus acciones tienen en principio una motivación puramente política. La característica anteriormente señalada, se mantiene inalterable casi sin excepciones hasta la década del 70 de este siglo, donde explota y se propaga por el mundo el movimiento religioso liderado por el Ayatolá Rohollah Jomeini. Precisamente a la sombra de la revolución iraní nace, se desarrolla y propaga una nueva forma de terrorismo religioso, que suma a técnicas de destrucción masivas altamente sofisticadas, la utilización del atacante suicida, que tiene como centro a voluntarios que se inmolan como tributo a lo que entienden es un deber sagrado como “soldados del Islam”. Los actos terroristas lanzados por grupos religiosos, tienen una notable diferencia con aquellos perpetrados por organizaciones seglares: mientras los primeros luchan por asaltar el poder constituido a efectos de producir un cambio violento en el sistema establecido, los segundos se consideran totalmente extraños al mismo y sólo aceptan la sustitución de un orden viejo por un orden nuevo sin rastro alguno del anterior. Asimismo, como en el caso de ese paradigma que es Al-Qaida, enfrentamos la amenaza de una organización liderada por una secta de signo apocalíptico, mesiánico y milenarista, que pregona la cercanía del fin del mundo, y poco importa a sus ideólogos que este pueda destruirse como consecuencia de sus acciones. DEFINICIONES DE TERRORISMO Resulta importante enunciar las definiciones sobre terrorismo que rigen el pensamiento de quien les habla desde la primera disertación sobre la materia. Terrorismo es el uso ilegal y premeditado de la fuerza o violencia dirigido contra no combatientes o propiedades, con el objeto de intimidar o coaccionar un gobierno, la población civil o un sector de la misma, para la consecución de objetivos políticos o sociales. El término no combatiente incluye, además de civiles, a personal militar que en el momento de ser afectado por un acto terrorista, se encuentre desarmado o fuera de servicio. Terrorismo doméstico es aquel que involucra a grupos o individuos cuyas actividades están dirigidas contra objetivos situados dentro del territorio nacional y que carece de dirección exterior. Terrorismo internacional es el tipo de terrorismo que involucra el territorio o grupos y ciudadanos de más de un país. Su accionar envuelve la actividad terrorista cometida por grupos o individuos basados en el exterior y / o dirigidos por países o grupos fuera del territorio nacional o cuyas actividades exceden sus propias fronteras. Terrorismo emergente es la incipiente y / o probable incorporación de tácticas terroristas, por parte de organizaciones o grupos políticos u organizaciones criminales. Terrorismo de Estado es el uso ilegal y premeditado de la fuerza o violencia dirigido contra civiles, no combatientes y propiedades, tanto dentro del país en cuestión como más allá de sus fronteras nacionales, con el objeto de intimidar o coaccionar a opositores, la población civil o un sector de la misma, para la consecución de objetivos políticos o de otra índole. Cuando se habla en esta conferencia de terrorismo islamista o se utilizan adjetivos como islamismo, es para diferenciar de alguna manera a los sectores musulmanes violentos, y no involucrar al Islam en su totalidad con la agenda terrorista de organizaciones como Al-Qaida. Terrorismo al que debemos combatir sin ambages, porque no sólo intentará derrocar los regímenes enemigos, comenzando por aquellos a los cuáles acusa de ser traidores y apóstatas, sino que perseguirá hasta las mismas catacumbas a todos aquellos que no se sometan al dominio de la tiranía global que desean instalar. AL-QAIDA GENESIS DEL MOVIMIENTO TERRORISTA El misterioso perfil de Al-Qaida, que hasta hace años hubiéramos creído posible solamente en la literatura o en los guiones cinematográficos, se debe sin duda al sello que le ha impuesto su fundador, Osama Bin Laden, un individuo inteligente, cruel, frío y sofisticado, cuya familia estuvo ligada durante años a los negocios más importantes entre Arabia Saudita y los Estados Unidos, que incluyeron desde ya a importantes firmas vinculadas al sector de la defensa. Pero, nuevamente, no puede analizarse profundamente a Al-Qaida, si se separa a esta organización de los profundos lazos que unieron a la Casa Blanca en tiempos de Ronald Reagan, con los grupos islamistas más aguerridos e intransigentes, con el objetivo de utilizarlos en operaciones de desestabilización dentro de la ahora desaparecida “esfera de influencia” soviética. Como consecuencia de esa errónea decisión estratégica de los EE.UU., fue conformándose una elite global de conductores y cuadros intermedios afines a las escuelas más intransigentes y combativas del Islam, que se preparaban para una guerra en todos los frentes contra la URSS, conscientes tal vez ya, de que sus objetivos militares no se agotaban en Moscú, sino que incluirían también a sus benefactores norteamericanos. Es así, en definitiva, como nace una muy sofisticada infraestructura del terror, cuyo “bautismo de fuego” fue “bendecido” nada menos que por la Casa Blanca y el principal ocupante de entonces, Ronald Reagan, con la circunstancia agravante de que su gobierno permitió incluso que aquellos dirigentes que nutrieron el liderazgo de Al-Qaida, comenzando por el mismo Osama Bin Laden, además de una agenda propia, adquirieran en combate toda la experiencia, destreza y capacidades necesarias para poner en jaque en el ámbito global a la actual superpotencia hegemónica. COSMOVISION La arquitectura del pensamiento de la cúpula de Al-Qaida, comprendiendo a Osama Bin Laden, a sus principales lugartenientes y también a sus respectivos maestros, está basada en la escuela de la apocalíptica islámica y el milenarismo revolucionario. La formación de Bin Laden se forjó inicialmente con pensadores musulmanes que están en desavenencia con el pensamiento religioso islámico tradicional, y de ahí las diferencias abismales que se han constatado con escuelas teológicas de prestigio como las de la Mezquita Al-Azhar, en Egipto. El “yihadismo” qaidista, para comenzar, se caracteriza por la desviada interpretación del concepto de “guerra santa” de los musulmanes, mediante una versión que autoriza la matanza de inocentes. Esto se realiza mediante una técnica de abolición y reemplazo de versículos contenidos en El Corán, que permite que revelaciones cronológicamente sucesivas pasen a sustituir revelaciones precedentes. Dichas técnicas subvierten la interpretación de versículos del Corán, para justificar así el crimen de inocentes. La escuela en que se formó Osama Bin Laden está plagada de referencias apocalípticas, que no sólo se aplican a una visión de hechos del presente, sino también a “profecías” sobre acontecimientos concretos y políticos para el futuro. Va de suyo que como de esos laboratorios salen también los planes que inducen tales hechos, sus principales “profetas” son los primeros beneficiados por su supuesta “clarividencia”. “No hay mal más grande que Nueva York en algún lugar de la tierra habitada, y por esta razón su porción de castigo será más grande”. Esa verdadera sentencia de muerte contra la ciudad de Nueva York, que quien les habla ha citado varias veces, pertenece a un conocido autor de escritos encuadrados en la apocalíptica popular islámica, Bashir Muhammad Abdala (Zilzal al-ard al-Azim, El Cairo, 1994), doctrina notablemente difundida desde hace años en Egipto, que ha inundado con libros y panfletos la mayor parte de los países mesorientales y hasta el mismo Israel. La obra “Al-Mahdí al-muntazar `ala al-abwab”, de Mohamed Daud (1997), por otra parte, afirma que cuando el Islam inicia su gran despertar militar, el Vaticano, en pacto con el gobierno italiano, envía saboteadores a tierra islámica para destruir su infraestructura. Luego, cuando los espías son descubiertos y se arrepienten, el gobierno italiano se venga matando a los familiares de los arrepentidos. Siguiendo desde hace años ciertos indicios escritos de la escuela apocalíptica cercana a Osama Bin Laden y al mismo Ayman Al-Zahuahiri, su lugarteniente y principal ideólogo de Al-Qaida, era posible advertir cuáles serían los blancos principales a designar por la organización. Muchos de los cuadros qaidistas y sus seguidores en Arabia Saudita, abrevan también en la escuela que tiene sus raíces en dos pensadores musulmanes sunitas modernos: Mohammed ibn Abd Al-Wahab y Sayyid Qutb. Al-Wahab, fundador de la corriente que lleva su nombre, fue un reformista que vivió en el siglo XVIII, cuyas enseñanzas se basan principalmente en la creencia de que el Islam fue corrompido una generación después de Mahoma. La Casa Real de Arabia Saudita abrazó enteramente el wahabismo, lo mismo que el resto de la familia real, las más importantes figuras plebeyas del país, y quienes dirigen las madrazas, escuelas dominantes del pensamiento religioso. El recientemente coronado rey Abdullah, el resto de los miembros del Estado saudita y otros miembros de la familia real, son considerados traidores por los wahabitas extremistas afiliados a la red Al-Qaida, entre quienes se cuentan miembros de la familia del monarca, que conspiran para su derrocamiento e incluso contribuyen financieramente con la organización de Osama Bin Laden. Sayyid Qutb, por su parte, fue un erudito extremista que a mediados del siglo pasado declaró enemiga del Islam a la “civilización occidental”, y proclamó que la “guerra santa” debe emprenderse no sólo para defender al Islam sino también para purificarlo, mientras denunciaba a líderes políticos de países musulmanes de no seguir lo suficiente su religión. La fuerte influencia del pensamiento wahabita conecta en la cúpula de Al-Qaida con el milenarismo islámico, que contiene principios más aceptables y atractivos para las incultas masas musulmanas de todas las ramas de esa religión. Es que sus integrantes, por lo general con poca educación, no están en condiciones de distinguir sutilezas teológicas ni filosóficas, ni cuestiones que aún hoy permanecen disputadas a pesar del paso de los siglos. Hay también quienes atribuyen a Osama Bin Laden su militancia en el salafismo, escuela de pensamiento nacida en la segunda mitad del siglo XIX, que preconiza el retorno a la tradición de los “píos antepasados” (salaf), en referencia a Mahoma y sus iniciales lugartenientes. Inicialmente podía considerársela como menos propensa al extremismo que el wahabismo, pero durante las últimas décadas, y especialmente a partir de 1970, registran una notable confluencia, digna de un mejor estudio que los actuales existentes. La literatura milenarista revolucionaria islámica es intrínsecamente violenta y, por lo tanto, sumamente ventajosa para las usinas del terrorismo liderado por Al-Qaida, que consiguen reclutar así adeptos y simpatizantes a lo largo y a lo ancho de casi todos los países islámicos en general y árabes en particular. Tampoco falta en el escenario apocalíptico islámico la presencia del Mahdí, un falso mesías de los últimos tiempos, que según esta literatura habrá de unificar a los pueblos musulmanes bajo el estandarte de un nuevo califato, sucesor del inaugurado por Mahoma. La figura del Mahdí aparecería -siempre según los ideólogos milenaristas- para derrotar al Anticristo y a la coalición “cruzada” y hebrea. El Mahdí y el Califa -siempre según esa literatura- se corporizarían en un nuevo personaje histórico, que lideraría una larga campaña militar, que al fin de sus conquistas harían que “los cantos de batalla resuenen en Roma”, como anuncia “Al-Masih al-Dajjal” de Said Ayyub, publicado en 1987. La figura del Mahdí, sin embargo, no tiene el mismo significado para la rama chiíta que para la rama sunita del Islam, como sostienen teólogos prestigiosos que siguen los preceptos de la tradición coránica. Pero, en cambio, se registra una enorme aceptación en los estratos poco cultos, tanto sunitas como chiítas, donde las lecturas con contenido apocalíptico y sobre esta figura considerada divina están a la orden del día. Pueden contarse en millones quienes escuchan los clarines de los heraldos que anuncian la venida del Mahdí para combatir al Anticristo, sin saber qué se esconde detrás de la literatura apocalíptica. El pensamiento milenarista revolucionario islámico promueve la construcción de un nuevo “pilar de la fe” (de hecho son cinco), la Yihad o “Guerra Santa”, colocado inmediatamente luego de la profesión de fe, haciéndola prevalecer sobre cualquier otra exigencia o consideración de tipo religiosa o moral. Si bien la “Guerra Santa” o Yihad es un término de tipo religioso equivalente al de la “conversión” de los católicos, para los milenaristas o islamistas en general es casi siempre aplicado al concepto militar del término. El advenimiento del Anticristo es para los milenaristas islámicos el resultado de un complot hebreo, que tiene como principal instrumento a los EE.UU., que termina por aliarse con los “cruzados” cristianos y en particular con el Vaticano. Este ser maligno que figura en el Nuevo Testamento (2 Tes 2,4; 1 Jn 2,18; 2 Jn 7; Ap 19,20), y que aparecerá antes de la segunda venida de Cristo para seducir a los cristianos y apartarlos de su fe, guarda también importantes diferencias con aquel contra el cuál se preparan a combatir los seguidores de la apocalíptica islámica. Es que los milenaristas liderados por Al-Qaida proclaman que Cristo aparecerá, como vasallo del Mahdí, para luchar contra el Anticristo, vencerlo y comenzar un reino de mil años antes del juicio final. Ante semejante cosmovisión y objetivos es lógico admitir que la campaña terrorista global encarnada en esa organización, no tiene fronteras ni acepta otro tipo de resultado que la derrota total del enemigo y la dominación global. . Los planes del movimiento yihadista mundial encabezado por Al-Qaida, no se limitan a la concreción de un proyecto o un sueño, como la construcción de un califato animado por la agenda de Al-Qaida en territorios islámicos, sino que incluyen la expansión a otros países y regiones, como ha sucedido históricamente, hasta alcanzar el dominio global. Por todo lo expuesto, resultaría ingenuo pensar que para alejar o paliar una amenaza de tamañas características, deberían realizarse concesiones que, de concretarse, sólo serían funcionales para los intereses globales de la organización. También, que haya alguna región o país en el mundo exento de atentados terroristas de la red Al-Qaida, salvo que se trate de un espacio propio “liberado” por la organización, o de un Estado que la misma pudiera llegar a conquistar y que se encontrara bajo su absoluto dominio. ESTRATEGIA Y OBJETIVOS Desde el punto de vista estrictamente militar, los ataques lanzados en territorio norteamericano estuvieron específicamente dirigidos a provocar una reacción masiva y en múltiples teatros, por parte de los EE.UU. Asimismo y paralelamente, a provocar o inducir una serie de levantamientos encadenados en los países islámicos aliados de Washington, dirigidos a derrocar a regímenes considerados como vasallos o cómplices del poder estadounidense. También, demostrar la vulnerabilidad de su principal enemigo, golpeándolo en sus sitios más neurálgicos, que podrían haber incluido el Capitolio o la misma Casa Blanca, si el cuarto avión secuestrado por los terroristas y que presuntamente fue derribado por la Fuerza Aérea, hubiera logrado alcanzar a alguno de sus blancos designados. A título especulativo, como han hecho otros analistas a partir de informaciones oficiosas, cabe preguntarse si no existieron más comandos suicidas ese mismo día, que por una u otra razón no lograron cumplir con sus misiones. De cualquier manera demostraron, objetivamente, que un comando formado por un puñado de terroristas, armados con un poco de ingenio y algunas cortaplumas, pudo causar un terrible daño humano y material al país más poderoso del mundo. Y, además, que ese tipo de acciones podían repetirse en cualquier momento y lugar, tanto fuera como dentro de los EE.UU. De hecho y hasta la fecha, mostraron también al mundo y a su propia “audiencia” que la organización estaba en condiciones de sobrevivir a un contraataque estadounidense y de sus aliados. Hasta hoy y a casi cuatro años de los ataques en EE.UU., la cúpula de Al-Qaida encabezada por Osama Bin Laden y Ayman Al-Zahuahiri está por el momento a salvo de un asalto final estadounidense, escondida dentro de Pakistán, en una región fronteriza con Afganistán que es prácticamente inaccesible. Pero no está solamente escondida, sino que continúa activa, dando directivas estratégicas a sus redes, y amenazando a sus enemigos por las cadenas de televisión y los medios masivos de comunicación más importantes del mundo. A ello se agrega que poco antes de las últimas elecciones en los EE.UU., el mismo Osama Bin Laden se presentó ante la audiencia global como un elector virtual, pero elector al fin, en la contienda que consagró a George W. Bush como vencedor para un segundo mandato como presidente de los EE.UU. Los ataques en Madrid del 11 de marzo de 2004, lograron cambiar el curso de los acontecimientos del país, impulsando a parte del electorado español a alterar bruscamente su intención de voto, abortando el triunfo que según encuestas favorecía notablemente a Mariano Rajoy, sucesor de José María Aznar, y devolviendo el poder al desprestigiado Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Tales episodios demuestran, a ojos vista del más principiante de los analistas, que Osama Bin Laden no sólo sobrevive, sino que hasta puede presentarse como actor y factor en grado de intervenir decisivamente en el marco de un proceso político interno en un país con un gobierno enemigo. A casi cuatro años del 11 de septiembre de 2001, es posible advertir que Al-Qaida mantiene intactos sus objetivos, aunque existan cambios tácticos o alguna alteración en el rumbo previamente establecido cuando las circunstancias lo aconsejan. Si algo ha logrado esa red terrorista, es que el odio ya ancestral contra los “valores occidentales” en los sectores bajos de sus propios pueblos, ha ido ascendiendo en la pirámide del cuerpo social, hasta enquistarse peligrosamente en los más altos niveles de sus respectivos Estados, como en el caso citado de Arabia Saudita. Los actos criminales contra poblaciones y blancos civiles, son parte de una estrategia de guerra que incluye al terrorismo como una de sus principales armas, y que en el caso de Al-Qaida responde a una agenda política previa y cuidadosamente elaborada. Como se dijo anteriormente, es ahí donde debe comenzar a verse la raíz del desafío global que Al-Qaida lanzó contra los EE.UU., asesinando a miles de civiles inocentes en pleno corazón político, militar y financiero del país: provocar una reacción militar simultánea a escala mundial por parte del país agredido, con el objeto de atraer a sus fuerzas armadas a múltiples teatros de operaciones, donde podrían ser fácilmente rechazadas o aniquiladas, pero en cualquier caso derrotadas, y con ello también el proyecto hegemónico estadounidense de dominación mundial. De ahí en más, quedaría expedito el camino para la unificación de los países musulmanes bajo un califa unificador sucesor de Mahoma, que luego de restaurar la ley islámica en los territorios bajo su dominio, comenzaría un proceso de expansión mundial, como sucedió varios siglos atrás. Este anhelo, que es propio y connatural para los fieles del Islam, sería en este caso llevado a la realidad bajo los propios términos de Al-Qaida, con su visión milenarista y apocalíptica del presente y del futuro del mundo. Mencionar eso hasta hace poco tiempo, equivalía a incursionar en un terreno peligroso, por el riesgo que implica pasar la línea que separa la realidad de las especulaciones puramente intelectuales. Lo más importante a destacar, en este momento, es que ha fracasado totalmente la estrategia qaidista dirigida a provocar una insurrección popular para derribar a gobiernos aliados de los EE.UU. Por el contrario, ha logrado que países como Libia hayan pasado de ser enemigos a convertirse en aliados de Washington; incluso Siria, cuyo gobierno, del mismo Partido Bath de Saddam Hussein, aunque compuesto por una minoría alauita, de hecho monitorea y reprime las eventuales acciones de Al-Qaida en su territorio. Además y en principio, todos los gobiernos de países musulmanes consideran a esta organización un peligro para su propia supervivencia y colaboran en consecuencia con los planes contraterroristas de la Casa Blanca. La situación actual refleja una derrota política y militar para Al-Qaida, frente a los objetivos inicialmente planteados, que incluían la amenaza de nuevos ataques dentro del territorio estadounidense. EE.UU., por su parte, no puede aún dar por seguro que no será atacado en su territorio, como sucedió el 11 de septiembre de 2001, ni tampoco considerarse vencedor de la guerra contra Al-Qaida, desde el momento que su cúpula goza aún de buena salud. Eso puede considerarse, en el momento presente, como una grave falla en su estrategia de guerra, o incluso una derrota desde el punto de vista militar. DOCTRINA A diferencia de los EE.UU., que expone su doctrina de guerra contraterrorista públicamente, como veremos más adelante, AL-Qaida mantiene la suya en el mayor de los secretos, por razones de seguridad, y en manos de un reducido grupo de comandantes. No obstante, es posible sacar algunas conclusiones, a partir de declaraciones de sus principales dirigentes, como Osama Bin Laden y Ayman Al-Zahuahiri, pero también gracias a confesiones arrancadas a importantes miembros, que han sido capturados vivos, cuyos dichos han trascendido en ciertos círculos vinculados a consultoras privadas de inteligencia. Las líneas generales de la doctrina de guerra qaidista, son las siguientes: > Impedir o restringir el margen de maniobra a los EE.UU. para que puedan declarar la derrota y extinción definitiva de Al-Qaida, aunque Osama Bin Laden y sus principales lugartenientes fueran muertos o capturados. > Inducir a que sus acciones obliguen a los EE.UU. a adoptar medidas militares más duras, lo cuál le produce un serio desgaste en todos los niveles, incluyendo la antipatía internacional y muy especialmente de los países islámicos, sin cuya ayuda Al-Qaida jamás será definitivamente destruida. > Economizar medios materiales y humanos y elección del momento adecuado para lanzar ataques terroristas masivos, lo que sugiere que estos deberían producirse periódicamente, para demostrar no sólo la existencia de la organización, sino también el poder de golpear al enemigo cuando así lo desee. > Ordenar públicamente el asesinato de líderes políticos, militares, y del campo de la cultura, la justicia y los medios de comunicación, para imponer la ley del miedo y restringir al máximo los apoyos que puedan prestarse a sus enemigos. Las decapitaciones en Irak han sido sólo el comienzo de esa campaña, que puede expandirse e invadir otras regiones, incluyendo Europa. > Diluir al máximo las posibilidades de que la inteligencia de los EE.UU. y sus aliados puedan identificar, localizar y eventualmente destruir a sus organizaciones colaterales y células. La mayor amenaza que puede enfrentar Al-Qaida es que EE.UU. llegue a confeccionar un cuadro certero sobre la posición de sus cuadros y lanzar un ataque devastador, múltiple y esta vez no secuencial para destruirlos simultáneamente. La doctrina qaidista es una especie de doctrina oral, simplísima, como puede verse, pero también por ello tremendamente efectiva, y cuyos puntos liminares sólo pueden deducirse, porque no están registrados en ninguna documentación, como en el caso estadounidense. ESTRUCTURA, ORGANIZACIÓN Y METODOS Los principales arrestos de importantes operativos de Al-Qaida realizados por EE.UU. y algunos de sus aliados, como Pakistán, revelan que el mundo se encuentra en presencia de una organización dotada de una singular estructura, compuesta por un comando estratégico altamente centralizado, desde donde emanan las órdenes, mientras que existe un alto nivel de libertad operacional de los comandantes regionales y locales. El tipo de estructura organizativa que caracteriza a Al-Qaida se conoce técnicamente como guerra en red o “netwar”, con sus elementos interconectados a través de la última tecnología informática, lo cuál permite coordinar con la mayor seguridad acciones entre grupos geográficamente dispersos, pero que responden a una estrategia común y a las directrices emanadas del alto mando qaidista. Este último aspecto, el de la libertad operacional de los comandantes, se ha acentuado durante los últimos tiempos, en que la cúpula de la organización se encuentra prácticamente localizada y expuesta a un ataque directo por parte de los comandos militares estadounidenses. El comando central de Al-Qaida supervisa las redes de células que operan con su apoyo y consentimiento, pero no da ventaja alguna para que puedan llegar a él remontando la cadena de comando, si alguna es localizada. Cada célula opera independientemente de otras, de manera que si una es identificada y sus miembros detenidos, no está en condiciones de delatar a las demás. La red de comunicaciones establecida por la organización terrorista, permite que Osama Bin Laden y lugartenientes puedan lograr una comunicación fluida con gran parte de su red, uniendo la visión estratégica de la cúpula con la realidad táctica de los comandantes que tienen que llevar adelante operaciones en el terreno. Los correos personales son usados también por Al-Qaida, que usan tácticas novedosas y hábiles triquiñuelas, como usar a ciudadanos de países poco sospechosos, sin antecedentes criminales ni de algún tipo, que faciliten su identificación y el secuestro de documentación comprometedora. Las informaciones obtenidas con cada arresto de una figura importante, cercana a la cúpula y que goza de su confianza, puedan tal vez arrojar alguna luz sobre la oscuridad que reina en cuanto a la estructura y organización de Al-Qaida, como también identificar y localizar más integrantes. Los logros obtenidos con la detención de Khan se complementan con el descubrimiento de la red de transportes de Al-Qaida, que comunican a Pakistán con Gran Bretaña y nada menos que los EE.UU., pasando por terceros países, cuyos ciudadanos son confiables para los EE.UU., como lo era en el pasado Arabia Saudita, por ejemplo. Una de las mayores ventajas con que cuenta Al-Qaida es el despliegue de células dormidas en territorio estadounidense, que la CIA no pudo todavía detectar, y que pueden llegar a participar en un ataque cuando las condiciones lo permitan. LOS ESTADOS UNIDOS DE NORTEAMÉRICA GENESIS Cierto es que los ataques del 11 de septiembre de 2001 han dado a los EE.UU. un valioso pretexto para consolidar mediante el uso de las armas el proceso de expansión de su poder en el ámbito global, produciendo un brusco cambio en la arena política internacional y en el sistema de alianzas vigentes hasta ese momento. La campaña militar en Afganistán fue, sin embargo, una justa operación de castigo a un régimen nefasto, el de los Talibán aliados de Al-Qaida, que ofrecía a la multinacional terrorista una enorme base territorial, campos de entrenamiento, armas, escuelas de adoctrinamiento y, además, su propio sistema financiero estatal para lavar dinero de origen criminal. Por el contrario, la campaña en Irak, además de provocar una distracción de recursos valiosísimos, tanto materiales como humanos, en la proclamada guerra contra el terror, abrió las puertas a miles de terroristas llegados desde países limítrofes, e inició un proceso que parece encaminado a la guerra civil y a la desintegración territorial. La invasión, ocupación de Irak e instauración de un gobierno dependiente del poder estadounidense, tuvo comienzo y se ha desarrollado sobre la base de una serie de pretextos que los actores principales debieron reconocer luego como falsos -la existencia de armas de destrucción masiva y la supuesta cooperación entre Saddam Hussein con Al-Qaida-, para sustituirlos por otro que no resulta menos risible y banal, como es la exportación e implantación en ese país de instituciones propias de la democracia-liberal de Occidente. La campaña en Irak, que aún no ha terminado, estuvo basada sin duda en razones de índole geopolítica, militar, psicológica, económica y financiera, que la Casa Blanca aún ahora se niega a precisar. En la medida en que los EE.UU. continúen cometiendo errores y desviaciones en la guerra contra el terrorismo y detonando nuevos conflictos donde no existen, como también elevando el nivel de los existentes en lugares ya calientes del mundo, comenzará a dibujarse en el horizonte global la silueta amplificada de un peligroso escenario, que sus analistas senior de inteligencia no perciben ni percibieron nunca y que tal vez no llegarán a hacerlo jamás. DOCTRINA DE GUERRA La base de la contraofensiva global encabezada por los Estados Unidos es la llamada “Doctrina Bush de la Guerra Preventiva”. Hace ya tres años que el presidente George W. Bush enunció en un discurso pronunciado en West Point su doctrina de la prevención, afirmando que la guerra contra el terror no será ganada a la defensiva. Dijo además que debían dar batalla al enemigo, romper sus planes y enfrentar las peores amenazas antes que ellas surjan; y que en el mundo al cual los EE.UU. habían entrado, el único camino a la seguridad es el camino de la acción. Prometió que la nación iba a actuar, y evidentemente actuó, cometiendo enormes errores de cálculo en cuanto a los resultados previstos. Pocos años después y con sus fuerzas terrestres prácticamente sitiadas en las ciudades y arenales de Irak, resulta difícil continuar proclamando las bondades de esa doctrina, que más allá de ser o no contraria a las leyes internacionales vigentes y de que sea nuevamente utilizada, se ha constituido en un factor altamente negativo para la guerra global contra el terror. Resultará muy difícil para la Casa Blanca utilizar como argumento la doctrina de la guerra preventiva, luego del fiasco de la campaña en Irak y de los falsos pretextos que se esgrimieron para justificar la invasión y sólo los incautos creerán en un futuro, que cualquier nueva acción militar de envergadura, por ejemplo en Irán, Arabia Saudita, Yemen, Corea del Norte, etc., esté realmente basada en una amenaza estratégica para la seguridad de los EE.UU. Dicha doctrina no es sino un instrumento para la consolidación del poder global norteamericano, y en este punto hay que contemplar la estrategia de Osama Bin Laden y el liderazgo de Al-Qaida, cuyas acciones como se ha dicho y se reiterará en esta conferencia, están dirigidas a impedir que tal proyecto estadounidense pueda plasmarse, pues es el principal impedimento para la construcción de un Islam unificado bajo la bandera de un califa surgido como consecuencia de una guerra global, cuya principal arma es el terror. Si bien la respuesta armada de los EE.UU. luego del 11 de septiembre de 2001 fue secuencial, y no ha caído en la trampa inicial de Al-Qaida, como llevar sus fuerzas terrestres a múltiples teatros de operaciones, ha causado con su invasión y ocupación de Irak una enorme reacción en casi todos los países islámicos, exacerbando a sus poblaciones y agravando y avivando las pasiones y sentimientos contrarios a los llamados “valores occidentales” y a todo aquello que pueda representarlos. En principio, la inteligencia estadounidense no estaba advertida sobre el escollo insalvable que significaba EE.UU. para la fundación de un califato islámico, ni del valor estratégico que ese proyecto tenía para la organización terrorista, como opinábamos –modestia aparte- unos pocos especialistas. En consecuencia, tampoco podía prever, siquiera como una hipótesis, cuál podía ser la estrategia y las tácticas de Al-Qaida para plantear un desafío de tal magnitud a escala global. Hoy, mucho tiempo después de los ataques, no hay análisis serio producido por la comunidad de inteligencia norteamericana, que no contemple de alguna manera en sus escenarios la utopía del califato islamista promovido por Osama Bin Laden y sus secuaces. Bastante tiempo después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, en diciembre de 2004, fue dado a conocimiento público el documento “Mapping the Global Future, Report of the National Intelligence Council’s 2020 Project, based on consultations with nongovernmental experts around the world”. En una de sus secciones, titulada “New Challenges to Governance”, se incluye un escenario ficticio, titulado “A new Caliphate”, cuyo protagonista principal es un nieto, desde ya también ficticio, de Osama Bin Laden, Said Mohammad Bin Laden, quien en una carta fechada el 3 de junio del año 2020 y dirigida a familiares, comenta las luchas pasadas por el restablecimiento de un gobierno islámico supranacional. Ni más ni menos lo que está sucediendo ahora y desde septiembre de 2001. Tal parece al menos que EE.UU. comienza a asumir recién ahora dónde está la clave del tremendo desafío que ha planteado Al-Qaida, no sólo contra el país, sino también contra toda la comunidad internacional. Los ataques del 11 de septiembre de 2001 han llevado a una modificación substancial y hasta se diría que brutal de las convenciones, protocolos y reglas de compromiso que regían la guerra contra el terrorismo de alcance global, regional e incluso doméstico. Los recientes ataques en Londres parecen haber disuadido al Gobierno británico sobre la necesidad de modificar las leyes vigentes, demasiado “garantistas” tal vez para enfrentar a un enemigo de tales características, que ha llegado a reclutar ciudadanos británicos para lanzar ataques terroristas suicidas dentro de su propio territorio Tales modificaciones a las reglas existentes por parte de los EE.UU. y ahora por Gran Bretaña, si bien son por un lado necesarias para limitar la libertad de acción que gozaban los terroristas para organizar y lanzar sus ataques, alimentan por el otro el odio del cuál se nutre Al-Qaida para sumar voluntades a las redes de la organización. Como puede observarse, las medidas que se adoptan actualmente en materia de guerra contraterrorista contra Al-Qaida y sus redes de organizaciones afiliadas, suelen ser algunas veces funcionales a los planes de las mismas. ESTRATEGIA, METAS Y OBJETIVOS El oficialmente declarado “Propósito Estratégico” de los EE.UU. es la “Victoria en la Guerra contra el Terror”, cuyas metas y objetivos fundamentales, conocidos en la versión inglesa como “estrategia de las 4D” son: > “Derrotar a los terroristas y sus organizaciones”. > “Negar patrocinio, apoyo y refugio a terroristas” > “Disminuir las condiciones subyacentes que los terroristas buscan explotar” > “Defender los intereses de los ciudadanos e intereses de los EE.UU. en el país y en el extranjero”. Los objetivos o blancos de la primera meta son identificar, localizar y destruir a individuos y organizaciones terroristas, como asimismo terminar con el apoyo material que estos reciben. Los objetivos de la segunda meta están dirigidos a impedir cualquier tipo de patrocinio, apoyo y refugio a terroristas, terminando con la cooperación que les proporcionan algunos Estados, proponiendo un estándar de responsabilidad, estableciendo la obligación de rendir cuentas en el combate al terrorismo y fortaleciendo y sosteniendo el esfuerzo internacional para combatir este flagelo. Esta segunda meta es sin duda la que define las relaciones de los Estados Unidos con otros gobiernos. La tercera meta consiste en combatir aquellas “condiciones subyacentes” que buscan explotar los ideólogos del terrorismo. El Gobierno de EE.UU. afirma que existen en el mundo muchos países que viven en condiciones de pobreza, privaciones, desencanto y disputas políticas y regionales no resueltas, aunque eso no justifica el uso del terror. La cuarta meta de la estrategia estadounidense es proteger no sólo su territorio continental, islas y espacios marítimo y aéreo, sino también a sus ciudadanos e instalaciones fijas en el exterior. Además, dar cobertura a los sistemas de transporte, logísticos y de información que constituyen la base de su participación en el comercio global, blanco seguro dentro de la estrategia militar qaidista, que contempla la ruptura de la circulación enemiga con ataques simultáneos, incluyendo el uso del arma cibernética. A casi cuatro años de los ataques del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Virginia, la situación global en materia de guerra contraterrorista no sólo no ha mejorado sino que se ha agravado notablemente: > Al-Qaida ha pasado de ser una organización altamente secreta, con una estructura de comando, estrategias y tácticas operacionales ideadas casi hasta la perfección, para constituirse en el centro de gravedad de un movimiento islamista mundial que congrega a decenas de organizaciones, con distintos niveles de afiliación, que han adoptado como propias la cosmovisión y utopías de Osama Bin Laden, sus maestros e ideólogos. Como consecuencia de esa mutación, de esos cambios profundos operados en el movimiento terrorista global de signo islamista, operan ya organizaciones y grupos operativamente aislados e independientes de Al-Qaida, que adoptan sus propias tácticas operacionales y eligen tanto sus blancos como la oportunidad para el lanzamiento de sus ataques. Como si el panorama descripto no fuera lo suficientemente grave, han surgido células aisladas, animadas por la misma ideología que Al-Qaida y que son funcionales a su estrategia, formadas incluso espontáneamente por ciudadanos nativos del país atacado, como acaba de suceder recientemente en Londres. > La expansión del terrorismo islamista en casi todo al mundo, donde hay grupos que crecen y se multiplican como hongos, alimentados por las predicaciones violentas en las mezquitas, madrazas y demás centros religiosos copados por religiosos e ideólogos terroristas afines. > Irak ha reemplazado a Afganistán como epicentro del movimiento islamista global, constituyéndose en un nuevo y gran teatro de operaciones, donde se han congregado cuadros duros formados por milicianos con experiencia en la guerra y en tácticas terroristas, a los que se unen voluntarios con o sin antecedentes de luchas anteriores, pero animados con el mismo espíritu, el mismo odio a todo aquello que pueda representar los intereses del enemigo que Al-Qaida y otras organizaciones afines señala en sus permanentes proclamas y directivas. > Irán, verdadero objetivo, junto a Arabia Saudita, en la guerra que EE.UU. y sus aliados comenzaron en Irak, ha caído hace poco en manos del sector religioso y político más extremista del país, con la circunstancia agravante de haber aparentemente tomado la decisión estratégica de construir armamento nuclear. Los líderes iraníes, si realmente tomaron tamaña determinación, lo hicieron a partir de la percepción, tal vez cercana a la realidad, de que tarde o temprano los EE.UU. y sus aliados, comenzando por Israel, jamás permitirían que su país pudiera convertirse en una potencia militar rectora en la región, aunque fuera con armas convencionales. Naturalmente y como en el caso de Corea del Norte, han llegado a valorar el poder disuasivo que significa contar con armamento nuclear al momento de sentarse a una mesa de negociaciones con la superpotencia hegemónica. > La situación entre Israel y los Territorios Palestinos, que puede deteriorarse rápidamente, si como se prevé la Franja de Gaza cae en poder del “Movimiento de Resistencia Islámico” (HAMAS). Además, hay muchos problemas irresueltos entre las partes en pugna, como por ejemplo el status de la ciudad de Jerusalén, que a juicio de quien les habla será extremadamente difícil de zanjar pacíficamente, salvo una enorme presión de la comunidad internacional que obligue a Israel a devolver la parte oriental capturada en 1967. > El resto de los países musulmanes están de hecho amenazados por Al-Qaida y sus aliados, y sus gobiernos jaqueados por grupos terroristas que se multiplican por doquier; como también por poblaciones cuyos sentimientos son exacerbados por la prédica extremista, alimentada muchas veces por los grotescos errores o provocaciones premeditadas que cometen las potencias occidentales y los aliados que intervienen en la guerra contraterrorista global. Lo anteriormente descripto, aunque sea sintéticamente, invita a reflexionar sobre la real capacidad del Gobierno de los EE.UU. para derrotar la amenaza terrorista islamista liderada actualmente por Al-Qaida, que continuará sin duda a través de sus sucesores, una vez que Osama Bin Laden y sus secuaces hayan desaparecido, pues no existe elemento alguno para suponer que serán totalmente derrotados en el curso de esta década y posiblemente de las venideras. Asimismo y en consecuencia, debemos asumir que nuestro país debe considerar su papel en la guerra contraterrorista global y regional y promover una política de Estado soberana e independiente a corto, mediano y largo plazo, más allá de las coincidencias que puedan surgir con la estrategia estadounidense, o la de otros países amenazados por el flagelo del terrorismo, el narcotráfico y el crimen organizado. De la misma manera, considerar que la probable evolución del panorama regional y más específicamente en Bolivia y los Andes Centrales, puede incluir escenarios donde surjan grupos terroristas, que pueden eventualmente proyectarse dentro de nuestro territorio. EL PAPEL DE LA REPUBLICA ARGENTINA La República Argentina no ha estado, está ni estará al margen de la guerra global que quien les habla ha tratado de describir, entre otras cosas porque ya tuvo su bautismo de sangre a manos del terrorismo islamista, de signo diferente a Al-Qaida, pero islamista al fin, que de manera alguna nos ha quitado de su mira. El desafío de Al-Qaida nos alcanza de manera plena, porque su comandante e ideólogos son lo suficientemente inteligentes y cultos, como para saber que el nuestro es un país mayoritariamente blanco, católico y que, además, cuenta con una de las colectividades judías cualitativa y cuantitativamente más importantes en el ámbito mundial; colectividad que además está históricamente ligada al Estado de Israel desde el momento mismo de su fundación, como casi otras similares de la Diáspora. El perfil de la amenaza terrorista de signo islamista representada en Al-Qaida y por Al-Qaida, difiere mucho en el ámbito global del de quienes lanzaron ataques en la Argentina durante el primer lustro de la década pasada, como los ocurridos en 1992 y 1994 contra la Embajada de Israel y la sede de la AMIA. No obstante y aunque algunas circunstancias históricas agravantes hayan cambiado (no hay, por ejemplo, naves ni presencia militar alguna en Irak en este momento, ni gobiernos del Medio Oriente que se sientan agraviados por promesas incumplidas de gobernantes argentinos), quien les habla se permite afirmar que nuestro país continúa en la lista de blancos de las organizaciones islamistas y que será atacado nuevamente, tarde o temprano. Las condiciones actuales en materia de seguridad, por la escasez de recursos materiales y técnicos para contar con las medidas necesarias, acentúan peligrosamente las condiciones para que cualquier grupo de alienados intente convertir nuevamente a la Argentina en un trágico escenario, dirigido para el consumo de un “auditorio” cautivo, que no es sino el semillero de nuevos adeptos para sus fines mesiánicos y apocalípticos. Al desafío islamista global se suma en nuestro caso el peligro del narcoterrorismo regional con epicentro en Colombia, encabezado por las FARC, asociado con sociedades criminales asentadas en ese país y en casi toda la región. Los países de Latinoamérica, obligados por el Tratado de Río y la Convención contra el Terrorismo, adoptada en junio de 2002, no han realizado mayores progresos en materia de cooperación para luchar con firmeza contra este flagelo, sea de origen religioso o secular o la ya incipiente cooperación entre ambos. Resulta posible advertir señales peligrosas de acercamiento y sinergia entre organizaciones como las FARC y organizaciones terroristas islamistas, distantes tal vez unas de otras por diferencias ideológicas y de agenda abismales, pero conectadas a través de los vasos comunicantes del crimen organizado y los carteles del narcotráfico. Dichas sociedades criminales son fuentes inagotables para la provisión de armamento, documentación falsa, circuitos financieros de lavado de dinero y todo tipo de actividades ilegales, potenciando la peligrosidad de la amenaza conjunta, como en el caso de la región de la Triple Frontera entre la Argentina, Brasil y Paraguay, y otros lugares menos conocidos como Pedro Juan Caballero en este último país. Como lo ha demostrado el caso de España luego de los atentados del 11 de marzo de 2004, las células terroristas que operaron en el país y llevaron a cabo la preparación y lanzamiento de los ataques, se autofinanciaron con actividades ilegales, como el narcotráfico. Y, asimismo, tuvieron los contactos suficientes en el mercado clandestino, como para adquirir explosivos, teléfonos celulares y tarjetas para detonar las cargas contenidas en mochilas. Si bien la Argentina no enfrenta amenazas de terrorismo separatista, como el caso de España, al peligro siempre vigente de nuevos ataques en nuestro territorio por parte de formaciones islamistas se suma el de la presencia en el país de formaciones narcoterroristas, como las FARC de Colombia, que parecen operar en estrecha cooperación con elementos locales, aunque no hayan llegado aún a acciones directas o secuestros extorsivos. La prueba más elocuente de la vinculación de las FARC con grupos criminales de la región ha sido el secuestro y muerte en Paraguay de Cecilia Cubas, cuya planificación se hizo desde Venezuela y Colombia. El operativo fue coordinado por Rodrigo Granda Escobar, encargado de relaciones exteriores de las FARC, quien actuó en conjunto con Osmar Martínez de Paraguay, también detenido por el secuestro, dirigente de la organización Patria Libre de este país. EE.UU. tiene una enorme y justificada preocupación con las actividades ilegales que se desarrollan entre Colombia, Venezuela y la Triple Frontera, en materia de lavado de dinero, que genera enormes recursos financieros para los sindicatos del crimen internacional organizado y las organizaciones terroristas. Con ese dinero se corrompen funcionarios, se evaden controles de todo tipo y se facilitan delitos como el tráfico de armas y el contrabando de inmigrantes. Si estallara un conflicto en Bolivia, este podría extenderse a toda la región e impactar por simpatía en la Argentina, donde las fuerzas narcoterroristas cuentan con aliados locales. Más allá de las denuncias hechas públicas a través de algunos medios de prensa sobre las actividades de las FARC en la Argentina, hay indicios inquietantes de actividad con tribus como los Aimara, numerosa en el norte de nuestro país, y sobre todo en Salta y Tucumán. Pero el recalentado caldero político boliviano y de los Andes Centrales, no sólo incluye a los aimaras, sino también a carangas, lupacas, cambas, chiquitanos y guaraníes, además de una diversidad de pueblos y culturas de otros orígenes, como japoneses, mennonitas y sijs. La gravedad de la situación en la región andina exige un análisis estratégico muy profundo y el seguimiento de los cambios geopolíticos y geosociales que pueden suscitarse a partir de los planes del movimiento neo-indigenista que crece en todo Ibero América, desde Chiapas en México a Tucumán en la Argentina, pasando por Bolivia, como también en los estados amazónicos del Brasil y en Guatemala, Paraguay, Ecuador y Perú. El planteo racista y excluyente del neo-indigenismo intenta ser capitalizado por el presidente venezolano Hugo Chávez, quien sueña refundar y expandir los territorios que históricamente formaron parte del Virreinato de Nueva Granada; es decir Colombia, Venezuela y parte del Perú y de Brasil, pero agregando Bolivia y otras regiones cuyas tribus podrían llegar a ser favorables a su proyecto político. Estas aspiraciones personales del mandatario venezolano, forman parte de un proyecto tendiente a implementar y consolidar una especie de “Unión de Repúblicas Socialistas Latinoamericana”, como acaban de mencionarlo irónicamente dos parlamentarios venezolanos del Movimiento al Socialismo (MAS), Felipe Mujica y Nelson Rampersad, quienes acaban de visitar el país. Lo más paradójico de las declaraciones de los diputados venezolanos de extrema izquierda, que reproduce La Nación días pasados en un reportaje de Francisco Seminario, es que acusan a Hugo Chávez de impulsar un proyecto que “sólo puede llevar a la fractura y a la disolución de las sociedades de América Latina”. Lo que el presidente de Venezuela persigue es en realidad la construcción de un movimiento de corte internacionalista y antiimperialista, cuya agenda, como el caso de la de Al-Qaeda, está diametralmente opuesta a los intereses globales y regionales de los EE.UU. Un viaje realizado a Caracas por quien les habla, para dictar una conferencia, hace ya casi cinco años, permitió comprobar que el presidente venezolano está rodeado por un grupo heterogéneo de personalidades, que abarcan desde guerrilleros arrepentidos, como Trino Díaz, hasta fanáticos partidarios de Antonio Gramsci y otros pensadores de izquierda Lo que parece estar implementando Hugo Chávez en su movimiento, es un conjunto de postulados y un programa de acción de corte marxista, orientados a penetrar ideologías en distintos países, para oponer como antitesis sus principios ideológicos, llegando luego a una síntesis que el mandatario presenta como Revolución Bolivariana. Es decir, busca un parentesco entre los referentes históricos en los países blanco, incluyendo a los EE.UU. y a la Argentina, para conectarlos a la figura de Simón Bolívar y crear círculos conjuntos. Todo podría interpretarse como un movimiento cultural natural entre distintas naciones, pero lo extraño de todo esto es que los círculos bolivarianos parecen tener una estructura celular, en la que cada componente tiene contacto con una estructura superior, pero no entre sí. Hay una importante cantidad de ellos en los EE.UU., donde se apela, por ejemplo, a la similitud entre el espíritu libertario de George Washington y de Simón Bolívar. Muy extraño todo, pero sin duda digno de un permanente seguimiento, ya que etapas como las que se están cumpliendo, presuponen también la existencia de otras posteriores, características de los movimientos insurreccionales clásicos que han azotado nuestro continente desde la Conferencia Tricontinental de La Habana hace cuatro décadas. Tales intereses encontrados entre ambos gobiernos, son la principal causa de los intentos desestabilizadores de los gobiernos de los EE.UU. y de Venezuela, que por el momento se libran en el gran escenario americano, incluyendo el territorio estadounidense. Y no por el petróleo venezolano, exclusivamente, sino por la proliferación de células adictas al presidente Chávez, que están siendo implantadas en los EE.UU., según afirman fuentes muy bien informadas. El odio del neo-indigenismo contra todo lo blanco, y las rivalidades entre las distintas etnias, es el motor potencial de una ruptura violenta y de una guerra que puede parangonar a las masacres más espantosas del Africa, desde los Mau Mau de hace décadas hasta las más recientes entre hutus y tutsis. Además, puede amenazar seriamente la seguridad de la Argentina, considerada tal vez por los neo-indigenistas como una especie de “reino blanco” en medio de ese gran imperio mestizo que es Ibero América. Hay expertos en los complejos problemas que existen en toda la región andina que denuncian que actores como el dirigente cocalero Evo Morales, los aimaras de Felipe Quispe, la Central Obrera Boliviana liderada por Jaime Solares y grupos indígenas de El Alto, cuyo referente es un sacerdote de nombre Modesto Mamani, promueven una especie de “limpieza étnica”, por el momento pacífica, de todo ciudadano blanco residente en esas regiones. La táctica es invadir barrios de residentes blancos, acampar en ellos, llenarlos de inmundicias y provocar incidentes, logrando finalmente que estos se muden a otras ciudades donde están mas protegidos o simplemente húyanla exterior. El objetivo final de los movimientos neo-indigenistas es la instauración de nuevos narcoestados, regidos por instituciones precolombinas, sobre las ruinas de las estructuras políticas, económicas y sociales vigentes. La nuevas republiquitas contarían con un inmenso poder económico, basado no sólo en los enormes recursos económicos provenientes de los hidrocarburos, la minería y los recursos acuíferos, sino también con el narcotráfico. En este panorama tenebroso que se levanta en el futuro de Bolivia y regiones adyacentes, el terrorismo se alzará sin duda con un nuevo rostro, diferente sin duda al de Al-Qaida, pero un rostro al fin de una de las amenazas regionales crecientes en este siglo XXI. Si este panorama, visto ahora en prospectiva, llegara a materializarse, la guerra de Vietnam en el siglo pasado sería un paseo de infantes en comparación con lo que podría suceder en los Andes Centrales. Romper el nexo entre la droga y el terror, es un objetivo prioritario para los EE.UU., que debería ser compartido también por la Argentina y aquellos Estados de la región que conocen los peligros e interoperatividad de las organizaciones que llevan a cabo esas actividades. Pero, eso sí, siempre y cuando sea sobre la base de objetivos muy claros y declarados, como en el caso de Afganistán, y no una desviación en la guerra contra el terror, tal el caso de Irak. Las acciones conjuntas que tienen como eje en Colombia al narcoterrorismo encabezado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), a los carteles de la droga ligados también a otras formaciones políticas, y a sociedades criminales como la mafia rusa, deben encontrar una respuesta definitiva, que no puede terminar sino en la derrota y rendición incondicional y en la radicación definitiva de esos flagelos de nuestra región. El cuadro de situación actual, con eje en Colombia y Venezuela, y además en los Andes Centrales, se agrava con la existencia de una constelación de gobiernos izquierdistas en Sudamérica, que por razones ideológicas y políticas rechazan cualquier tipo de legislación antiterrorista o incluso la modificación de leyes como las de Defensa y Seguridad. Ello permite suponer que algunos o todos los gobiernos izquierdistas de la región rechazarían cualquier acción militar continental tendiente a derrotar definitivamente a la narcoguerrilla terrorista encabezada por las FARC y los carteles colombianos de la droga. Nuestro país debería prepararse para enfrentar las amenazas externas, globales, regionales y domésticas, estudiando y analizando la naturaleza del enemigo a enfrentar y la manera más adecuada para adoptar las necesarias líneas de defensa. Resulta asimismo imperativo ordenar por prioridades los objetivos que deben alcanzarse en materia de contraterrorismo, de acuerdo a los recursos humanos, tecnológicos y materiales con que se cuenta en la actualidad, mutando las tácticas en materia de seguridad y reconociendo que el enemigo exterior tiene células clandestinas ya instaladas en el país. En situaciones de crisis, hasta los gobiernos más avanzados del mundo enfrentan los siguientes problemas: > Incertidumbre. > Métodos obsoletos para el manejo de información. > Escasa información obtenida de fuentes directas y con medios propios. > Exceso de informes proporcionados por servicios de inteligencia extranjeros que no tiene capacidad para procesar e interpretar. > Diferentes sistemas de valorización. > Manejo cambiante de objetivos. > Acoso y presiones políticas internas y externas. > Dispersión de esfuerzos en cuestiones subalternas. > Pobreza en planeamiento. > Poco tiempo de los hacedores de decisiones para estudiar problemas específicos para resolver situaciones de conflicto. La Argentina, obviamente, debe tener en cuenta su propia experiencia histórica y sumar los aspectos positivos y negativos de otros países, para obtener las respuestas necesarias que reclama nuestra seguridad. El primer paso que debería darse es la sanción de una Ley General Antiterrorista, incluyendo: > Crímenes contra ciudadanos argentinos en barcos de bandera extranjera. Extender la jurisdicción criminal para actos cometidos por o contra ciudadanos argentinos si el barco extranjero está programado para llegar a o partir de la Argentina. > Intensificar las penas por delitos mayores dirigidos a promocionar el terrorismo internacional, dentro o fuera del país. > Apoyo material al terrorismo. Penar severamente cualquier tipo de apoyo a elementos terroristas, incluyendo entrenamiento, refugios, explosivos y asistencia financiera o recaudación de fondos destinados a actividades de esa índole. > Violencia en aeropuertos. Penalizar severamente los ataques terroristas a las instalaciones fijas de los aeropuertos y a los aviones en aeropuertos internacionales. > Decretar la imprescriptibilidad de las penas por acciones vinculadas al terrorismo. > Violencia en el mar. Extender la jurisdicción penal para crímenes cometidos en barco o plataformas marítimas, castigando severamente la captura, daño o destrucción de los mismos. Como en el caso de los aeropuertos deberían aplicarse penas severísimas si la acción terrorista causara pérdida de vidas humanas. > Cooperación de testigos extranjeros e información contraterrorista. Proveer visas para reubicar y proteger a quienes cooperen suministrando información clave o participen como testigos en casos vinculados a organizaciones terroristas o empresas criminales. Como en muchas de las presentaciones televisivas y radiales desde hace mas de quince años, deseo insistir en las tres líneas de defensa clásicas que deben adoptarse de inmediato, tal como lo sugiriera al entonces Presidente de la Nación, Carlos S. Menem, en un informe fechado el 27 de marzo de 1992, recomendaciones que no fueran escuchadas: > Fortalecimiento de los aparatos de inteligencia, seguridad y policiales, cuya capacidad para accionar conjuntamente no debe estar sujeta a restricciones severas como puede ser la existencia de una asimetría y falta de colaboración entre los organismos especializados en la lucha contra la amenaza terrorista. Los organismos especializados en la lucha contra el terrorismo deben contar con todos los elementos necesarios y acceso a la más alta tecnología, para estar en condiciones de enfrentar a un enemigo que dispone de todos los recursos a su alcance para plantear una seria amenaza a nuestra seguridad. > Endurecimiento de las condiciones que facilitan el accionar de las organizaciones terroristas y que debería incluir entre otras medidas penas severísimas. Deben extremarse los recaudos en las áreas de frontera, terminando con la flexibilización existente en el Mercosur. Este tipo de medidas, cuando son implementadas eficazmente, obliga a las organizaciones terroristas a descartar a principiantes y a emplear profesionales, que pueden ser detectados más fácilmente. Desde ya, esto se refiere a milicianos que llegan desde el exterior para organizar y lanzar ataques; no a los miembros de células “dormidas” ya implantadas en territorio del país blanco, en este caso la Argentina. El Gobierno Argentino debería proponer por intermedio de los organismos internacionales, como la ONU, la sanción de leyes que encuadren en la figura de criminales de guerra a los líderes de organizaciones terroristas y a los jefes del crimen organizado, sometiéndolos a tribunales especiales y condenando a los que fueran hallados culpables a penas severísimas. > Finalmente, un eficaz manejo de crisis que sólo puede lograrse con la debida capacitación de los más altos funcionarios del Gobierno Nacional en esta delicada especialización, que no puede quedar en manos de improvisados. Resulta necesario realizar los mayores esfuerzos para lograr una plena movilización y participación colectiva y la construcción de una cadena de solidaridad que una a todos los argentinos ante la amenaza común, sin distinción de razas, credos u opiniones políticas. Bajo condiciones que incluyen un déficit de especialistas argentinos capacitados para analizar el fenómeno de nuevos tipos de amenaza terrorista, queda muy poco tiempo para estudiar las alternativas disponibles y proponer las respuestas adecuadas en el marco de la ley y de las normas constitucionales en vigencia. No sólo desde ya para evitar ataques, sino también para coordinar eficientemente las tareas de ayuda a la población afectada si finalmente llegaran a concretarse. Sería lamentable sin duda que hicieran falta decenas de muertos, como sucedió en 1992 y 1994, y más recientemente en otros países, para asumir que la amenaza global y regional que estamos enfrentando requiere un rediseño urgente de la defensa y la seguridad nacionales, la sanción de nuevas leyes y la necesidad de adecuar los escasos recursos humanos y materiales con que contamos, a la realidad y dimensión de las amenazas y desafíos a los cuales nos estamos enfrentando. HORACIO CALDERON Experto en Medio Oriente y Africa del Norte Especialista en Contraterrorismo horaciocalderon@hotmail.com - calderon@arrobba.com.ar (011)15-5937-7694